Camboya – Furgonetas. ¡¡De Bilbao de toda la vida, la hostia!!

Lo de viajar de un sitio para otro dentro de Camboya es una historia larga de contar y difícil de creer para gente como nosotros. Y si digo “gente como nosotros” no es, ni muchísimo menos, porque seamos mejores o peores que los simpáticos camboyanos; es simplemente que tenemos otra forma de entender las cosas. Así, para un europeo, si un autobús esta lleno, esta lleno y punto pelota. 55 plazas ocupadas y nadie mas. Pues eso en tu pueblo, majo, porque aquí, el concepto de lleno es, cuando menos, diferente. Y para explicar lo que digo, os cuento nuestra aventura de viaje entre Kratie y Sen Monorom en una furgoneta “¡¡de Bilbao de toda la vida, la hostia!!”.

De todas las opciones que nos ofreció la Teniente O´Neil para llegar de Kratie a Sen Monorom  optamos por coger la de la furgoneta. En primer lugar, la idea de ir con un amigo suyo en un coche nos pareció un poco rara (y cara); en segundo lugar, porque nos dijo que “ella no quería que cogiéramos el autobús” (me recordó a mi madre diciéndome que me terminase todo lo del plato; ahora vas tú y le dices que no) porque tardaba mucho y llegaríamos de noche; y en ultimo lugar por el kalasnikov que tenia en la mano mientras nos comentaba que lo mejor y más rápido era la furgoneta, un medio de transporte muy utilizado por estos lares. Pues no se hable más señora. Donde manda capitán…

Empieza la carga
Empieza la carga

Puntual como siempre, aparece la furgoneta en la puerta del hotel. Una Mercedes-Benz blanca, modelo extraño, 12 plazas, asientos de cuero, dvd, high class amigos, de las que por aquí hay a cascoporro pero que en España yo no las he visto nunca (señores de la Mercedes: la publicidad no es gratis y mi Ibiza ya tiene unos añitos; lo digo por comentarlo nada más). Los conductores ataron nuestras mochilas con una cuerda a una especie de trasportín que tenia en la parte trasera, junto con una rueda de repuesto y otros bultos. Imaginaos la cara de Alex cuando ve la mochila con el Mac (señores de Apple, ¿les he hablado de mi viejo portátil?), la cámara Sony (ejem, ejem) y todos los bártulos electrónicos atados con una cuerda de esparto en la parte de atrás de una furgoneta, junto con unas cajas que chorreaban agua por los cuatro costados. La gallina, ante aquello, se veía viajando en el transportín. Pero finalmente la dejaron venir con nosotros. Entramos temiéndonos lo peor, pero cuál fue nuestra sorpresa al ver que había una sola persona por asiento, ¡viaje de lujo! ¡¡Justo lo que se merece la gente de bien como nosotros!! Sí, sí, de lujo… los cinco primeros minutos.

Resultado final
Resultado final

Arrancamos y dos minutos más tarde vemos que la furgoneta da el intermitente pita para girar a la izquierda, y se mete en un curioso barrio (por llamarlo de alguna manera) donde tenían construcciones para hacer carbon vegetal. La furgoneta aparca y deducimos que la historia va para largo cuando todos los viajeros salen fuera. Decido quedarme mientras sale Alex con la cámara y me dice “Sal a ver esto que no te lo vas a creer”. Los jóvenes de la furgoneta desatan todos los bultos que habían puesto anteriormente en la parte de atrás de la furgo y empiezan a colocar, uno tras otro, no uno ni dos ni tres… ¡hasta 20 sacos de carbon vegetal! Y claro, aun les quedó sitio para colocar las cuatro cajas chorreantes, la rueda de repuesto y algún que otro chisme más. La gallina no daba crédito.

Decidimos meter nuestras mochilas dentro por lo que pudiera pasar, y media hora mas tarde estábamos los 32 (los sacos y los pasajeros) rumbo a la provincia de Mondulkiri. Pero la historia no acababa ahí. Solo estaba empezando. Para mí, 12 personas en una furgoneta de 12 plazas, más las mochilas de varios de ellos (las nuestras incluidas, tumbadas debajo y nosotros apoyados encima), 20 sacos grandes de carbón y unos cuantos trastos más ya me parece gente y cosas más que suficientes como para decir que aquello estaba lleno. Para ellos, la botella estaba medio vacía y no precisamente porque se pusieran pesimistas.

Resultado final
Resultado final

Así pues, avanzando como podíamos por las llanas carreteras camboyanas, la furgo paraba en cualquier esquina donde hubiera alguien esperando. Tras un breve intercambio de palabras, la copiloto, que era la que manejaba el tinglado y el txamuski (la pasta, para los que sois de la ESO), miraba para atrás y, si veía un hueco, por pequeño que fuera, ya teníamos nuevo compañero de viaje. Le acomodaban (es un decir) como podían en algún sitio y tira millas. Si alguien quería bajarse, pegaba una voz, el chofer paraba, pagaba a la jefa el importe oportuno ¡¡y pa’lante!! Y así fue como, entre unos que bajaban y otros que subían, llegamos a estar dentro del vehículo hasta 21 personas (también es un decir porque más bien parecíamos sardinas escabechadas), el equipaje y la gallina, que de vez en cuando miraba para atrás buscando a Ramón García porque estaba convencida de que habíamos ganado el primer premio del “Qué apostamos”.

Estas furgonetas, aparte de para transportar personas y cosas, también se utilizan como servicio de mensajería. Van parando aquí y allá entregando paquetes, recogiendo o dejando bultos o incluso transmitiendo recados entre unos y otros. A nosotros, durante el viaje, otra furgoneta que circulaba en sentido contrario nos dio las largas. Ambos conductores pararon en el arcén, se saludaron, se intercambiaron unos sobres que bien podría ser el correo postal, se despidieron y cada uno a lo suyo.

No solo se pueden transportar sacos de carbón
No solo se pueden transportar sacos de carbón

¿Tú viste a alguien que se quejase? Yo tampoco. Y es que aunque nosotros fiplásemos en colores, para ellos aquello era lo más normal del mundo. Tan normal como llegar a un control de la policía (“ay mi madre, ahora si que estamos jodidos; con la iglesia hemos topado”, pensaba yo), parar, saludar al oficial de turno, “hola muy buenas señor agente, que tal la familia”, sacar la jefa un fajo de rieles, dárselos al policía y “hasta luego majo, que tengan ustedes un buen día, no me vayan a cargar mas la furgoneta que al final vamos a tener un disgusto”. A todo esto, lo de “control de policía” era por llamarlo de alguna forma: unas sillas, una mesa y una sombrilla al borde de la carretera, un cono en medio y listo. Eso sí, estratégicamente colocados en la cima de un repecho para que ninguna furgoneta se les diera a la fuga. Claro, imaginaos a que velocidad subíamos las ya más empinadas carreteras de Mondulkiri.

Y así fue como llegamos, puntuales, eso sí, a Sen Monorom.  Un poco entumecidos pero satisfechos de haber sobrevivido a aquella experiencia, una más de las que estamos viviendo por estas tierras.

Llegada a Sen Monorom
Llegada a Sen Monorom

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