Camboya – Kompong Thom. El día que todo salió mal.

Despedíamos Sen Monorom un poco tristes por dejar atrás un lugar impresionante, a nuestros amigos los elefantes y a Vicky y Rosa (aunque aquí les metamos en el mismo saco, luego en las fotos se les diferencia bastante bien) pero a la vez contentos por seguir adelante en nuestro viaje. Esta vez el destino era Kompong Thom, previo paso por Kompong Cham, por aquello de que el viaje no fuera tan largo y no se hiciera tan pesado.

A la derecha las chicas. A la izqierda los elefantes. Yo creo que se distinguen bien, no??
A la derecha las chicas. A la izqierda los elefantes. Yo creo que se distinguen bien, no??

En Kompong Cham nos habíamos dejado por ver un par de cosillas por ver así que, en cuanto llegamos, fuimos al mismo hotel donde ya nos alojáramos en nuestro anterior paso por la ciudad, dejamos los bártulos, alquilamos una moto y tira millas. Phnom Srei y la ONG Amica eran nuestros objetivos; el primero lo cumplimos pero no pudimos encontrar el segundo. Y mira que dimos vueltas con la moto. Sospechando que seguramente, entre el 2013, año en que se publicó la guía que usamos y ahora, los de Amica podían estar ya criando malvas, decidimos dejarlo de lado y dedicar la tarde a visitar el mercado del pueblo. Unos paseos por aquí, unas cervezas por allá, cenita otra vez en el Moon River y a dormir.

Esperando el autobús en Kompong Cham.
Esperando el autobús en Kompong Cham.

Al día siguiente, prontito, cogíamos el bus hacia Kompong Thom. Más de lo mismo: autobús destartalado, cortinillas con dibujos de pájaros cursis como ellas solas, el karaoke a todo volumen, gente, animales, vendedores… en una palabra: Camboya. Total, que llegamos a la ciudad, el bus nos deja en la estación (si a una sombrilla y una mesa de playa en el arcén de la carretera se le puede llamar estación), esquivamos a los conductores de tuk-tuks que, literalmente, nos asaltan al bajar del autobús y tiramos para el hotel. Nos acomodamos y bajamos a comer algo. Empieza la fiesta.

La amabilidad natural de los camboyanos en este pueblo debía de estar caducada. Asomamos el morro en el primer restaurante que encontramos, nos sentamos y esperamos a que nos atienda alguien a quien pedirle el plato de «arroz con cosas» de rigor. Y esperamos, y esperamos… Diez camareros y todos mirándonos como quien mira un documental de animales de La2. A punto de irnos de allí, aparece el que parecía ser el cabecilla de la banda (que tranquilamente podía haber sido el cabezón de la banda, porque menudo envase gastaba el colega) y se digna a atendernos. ¡¡¡Qué raro Laurita, para lo  amable que suele ser esta gente y que rancios son aquí!!!

Autobuses de Camboya y sus cortinillas cursis.
Autobuses de Camboya y sus cortinillas cursis.

Salimos de allí en cuanto terminamos de comer, sin tiempo para sobremesas ni gaitas, que no estaba el horno para muchos bollos. Toca buscar una moto de alquiler para visitar los alrededores. En la guía venía una tal Im Sokhom Travel Agency donde las alquilaban, así que vuelta otra vez por donde habíamos venido. La agencia, para nuestra sorpresa (si es que no aprendemos), resultó ser el jardín lleno de perros, gatos y pollos de un señor que, según nos dijeron sus vecinas, adorables señoras que de inglés lo mismo que yo de camboyano, estaba fuera y no vendría hasta las tres. Quedaba hora y media; demasiado tiempo como para esperar al sol. Vamos a preguntar al hotel que seguro que allí alquilan también.

Vuelta al hotel, donde la amable recepcionista, que había estudiado en la misma escuela de idiomas que las vecinas del de las motos, nos dice que nanai, que no hay tutía. Y que si queremos motos, el único que las alquila en la ciudad es el fulano de la agencia. Pues nada, no hay mal que por bien no venga. Nos echamos una siesta y esperamos a que lleguen las tres.

Y llegaron, llegaron. Y las cuatro menos cuarto también, que fue a la hora en que se presentó el dueño. Muy ricos los 45 minutos bajo el sol esperando. Eso si, la fauna del jardín del hombre, de lo más simpática, hormigas incluidas. La gallina en su salsa con tanto pollo por allí suelto. Laurita echando humo, del calor y del mosqueo. Y en cuanto dice el tío que son 7 dólares, le suelta la de Zamora: “¡¡Si hombre, no te jode, a estas horas!! ¡¡Si solo vamos a estar medio día!!”. El pájaro se debió acojonar porque enseguida bajo sus pretensiones económicas y por 4 dólares lo teníamos hecho hasta las nueve de la noche.

Murcielagos robamotos de Kompong Thom
Murcielagos robamotos de Kompong Thom

Queríamos ver lo más destacado, ya que en una tarde tampoco nos daba tiempo a más y porque habíamos parado allí en plan escala de camino a Siem Reap. Así que, lo que primero vimos fue la antigua residencia del gobernador francés, un edificio decrépito y que, sin duda, ha conocido tiempos mejores (porque peores son imposibles, visto su estado actual). Justo al lado hay tres viejos y enormes  caobos donde habitan… ¡¡¡centenares de murciélagos!!! ¡¡¡Pero unos bicharracos de dar miedo, amigos!!! Que si no llego a ver a la gente del lugar pasar como si tal cosa por debajo de ellos yo no me acerco por allí ni borracho perdido. La guía pone que de unos 40 cms. ¡¡Y un cuerno!! ¡¡Serán 40 cuando están colgados porque a la que abren las alas y empiezan a revolotear, me río yo de Batman y sus mierdas de coches y máscaras!! Laurita vámonos de aquí que estos se mosquean y nos roban la moto, ¡¡corre!! ¡¡Verdaderamente impresionantes!!

Lo siguiente era una visita a Kakaoh, pueblo famoso por sus canteros y su destreza por esculpir a mano cientos de figuras tradicionales jemeres, entre ellas infinidad de budas de todos los tamaños. Cogemos la moto y tiramos para allí. Pero antes de seguir, voy a reproducir una conversación que tuvimos en el hotel:

Laura- ¿No meto los chubasqueros en la mochila, no? Total, con el solazo que hace…

Alex – Hombre, no cuesta nada y además aquí el tiempo esta loco y en cualquier momento te puede llover.

Laura – Que no hombreeeee… pero si no hay ni una nube…

Se veía venir.
Se veía venir.

Ya os estaréis imaginando lo que pasó, ¿verdad? Pues efectivamente, el «cualquier momento» ese que yo decía apareció justo cuando no había nada donde refugiarnos. Y como aquí, precisamente, lo que se dice xirimiri no cae, pues echad cuentas: como si me hubiese metido en una piscina. Igualito. Y claro, que el que conducía era yo y la que va detrás más resguardada era ella. Así que, de los dos, sólo una se descojonaba. A ver si acertáis quien.

Elegante chupa de agua.
Elegante chupa de agua.

Empapado hasta los huesos, lo mismo daba atún que betún. Y ya puestos, estábamos mas cerca de Kakaoh que del hotel así que decidimos acercarnos hasta allí. El lugar no es mas que una sucesión de casas que discurrían a lo largo de la carretera nacional, y cada una de ellas con sus figuras talladas expuestas en el jardín, lo que hacía de aquel sitio una especie de  “pasillo” de figuras de piedra, cada cual más grande, cada cual más impresionante. Si no fuera por la calada que llevaba encima…

Esculturas de piedra de Kakaoh.
Esculturas de piedra de Kakaoh.

Aunque empezaba a anochecer, estábamos muy cerca de Phnom Santuk, la montaña sagrada de la región, otra visita obligada de la zona. Así que ya metidos en harina, lo mismo daba un resfriado que una pulmonía. Para cuando encontramos el desvío y llegamos a la base de la montaña aquello ya estaba cerrado. Así nos lo hizo saber un monje que, cuando nos vio llegar de noche y empapados, nos miró como diciendo “perdónales porque no saben lo que hacen” o lo que demonios digan los monjes budistas en estos casos.

Esculturas de piedra de Kakaoh.
Esculturas de piedra de Kakaoh.

Ya era noche cerrada cuando enfilamos la carretera de vuelta al hotel. Empecé a notar golpecitos en el casco y en la ropa. Vaya, otra vez lloviendo, pensé. Como la “lluvia” iba en aumento, pregunté a Laura si quería parar para que, al menos ella, llegase seca al hotel. ¡¡Pero que dices chalado!! ¡¡Si no llueve!! Entonces ¿qué era aquello que me pegaba insistentemente en casco, cara y cuerpo? ¡¡¡MOSQUITOS!!! ¡¡Pero mosquitos como naranjas de gordos!! Os aseguro que, si llevo la boca abierta, se me llena literalmente de bichos. Que asco de vida, pensaba yo. A quince mil kilómetros de casa, en moto, empapado hasta los huesos, de noche, lleno de bichos por todos los lados y con otro bicho detrás descojonada de la risa.

Atardecer en Camboya.
Atardecer en Camboya.

Llegamos al hotel y se terciaba una buena ducha de agua caliente para entrar en calor. Bajo la ducha, pensé que la mejor forma de olvidar todo aquello era con una buena hamburguesa y una cerveza. Localizamos un garito que anunciaba las mejores hamburguesas de la ciudad y para allí tiramos. Nos volvimos a mojar, claro, pero esta vez llevábamos los chubasqueros. Después de mucho buscar dimos con el bar, regentado por una amable señora inglesa que, después de haber pedido la cena y cuando le dijimos: “Y tráiganos usted unas buenas cervezas para olvidar”, nos suelta la tía, así muy inglesa ella: «Ups, sorry… ¡¡pero aquí no vendemos alcohol!! ¡¡Será asquer…!! ¡¡Ya te lo habrás bebido todo tu!!

Agua. Tuvimos que pedir agua para cenar. Como si no hubiéramos tenido ya bastante agua aquel día. En fin, que cenamos rápido porque aquello ya no tenía arreglo y lo mejor que podíamos hacer era irnos a dormir cuanto antes. Quisimos pasar por el mercado nocturno de la ciudad pero, como no podía ser de otra forma, ese día estaba cerrado.

Devolvimos la moto y nos fuimos para casa. De camino, nos volvimos a mojar. ¡¡¡Si es que hay días que es mejor quedarse en casa…!!!

Al día siguiente nos esperaba Siem Reap.

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