CAMBOYA – Siem Reap: templos, templos y más templos.

Templos de Angkor.
Templos de Angkor.

Llegábamos al plato fuerte del viaje: nos íbamos a Siem Reap para ver los templos de Angkor (que merecen, por sí solos, un post aparte) Aunque a estas alturas lo de “Angkor” nos sonase más a cerveza que a templo, la verdad es que no hay guía ni libro sobre Camboya que no dedique sus páginas principales a hablar del complejo religioso más grande del mundo, centro de peregrinación y orgullo nacional de los jemeres. Una de las creaciones más importantes del mundo antiguo, que algunos comparan con la Gran Muralla china o el Taj Mahal. La pera limonera amigos, la guinda del pastel. Así que había que dedicarle tiempo.

Solo entre vietnamitas, surcoreanos y chinos, Angkor recibe más de un millón y medio de visitantes al año. Y estos no representa ni siquiera la mitad del total de visitas que reciben los templos. Estaríamos hablando de cerca de 4 millones de turistas. Y todos ellos montan su “campamento base” en Siem Reap, a la que solo unos cuantos kilómetros separa de los templos. Así que imaginaos la de gente que se junta allí. ¿Vosotros sabéis la verbena de mi pueblo? Pues más… ¡¡bastantes más!!

Así que, decididos a visitar aquello con la calma que precisa, nos planteamos pasar no menos de tres días en Siem Reap. Pero, para ello, antes teníamos que abandonar Kompong Thom que, a modo de despedida, quiso gastarnos una de sus bromas pesadas, como si no hubiera tenido suficiente con las del día anterior. Nos presentamos puntuales en la estación de autobuses, enseñamos los billetes a la señora, nos dice que sí, que es ahí y que nos sentemos a esperar que el autobús llegaría en cualquier momento. Para sobrellevar la espera, la amable señora nos da unos plátanos. Después debió dormirse porque, al de dos minutos pasa el autobús, el conductor reduce la velocidad, se queda mirando a la señora, ésta que mira al autobús como quien ve llover, y el conductor, ante la falta de señales, sigue su marcha. Y nosotros pensando: “Bueno, será el siguiente”. A esto que viene el señor que nos vendió los billetes el día anterior, nos ve allí sentados comiendo plátanos, empieza a chillar a la señora, se va a por una moto y me dice que suba. Aparece un amigo suyo con otra moto para Laurita y ala, a toda hostia cada uno en una moto, con la mochilaca a la espalda, en busca del autobús que nos había dejado allí tirados porque la señora se había dormido. En fin, un circo.

Arduas negociaciones con los conductores de tu-tuk.
Arduas negociaciones con los conductores de tu-tuk.

Finalmente llegamos a Siem Reap a mediodía. Tras la ardua negociación pertinente con el del tuk-tuk para ir al hotel, y tras perderse porque el pollo no se sabía el camino, llegamos, nos acomodamos y salimos a comer algo para reponer fuerzas. Y en cuanto pisamos la calle pudimos adivinar lo que aquel sitio nos iba a deparar. Estábamos a unos cinco minutos andando del centro neurálgico de la ciudad: Pub Street, que viene a ser la sucursal camboyana de la Khaosan Road de Bangkok. Es, en definitiva, una calle mas bien corta pero atestada de gente, bares, restaurantes, chiringuitos, vendedores ambulantes, tuk-tuks… Las rebajas en hora punta, vamos. Y el corazón de la ciudad. En ella y en las calles aledañas puedes encontrar lo que te propongas: bares de todo tipo, salas de masajes, mercadillos a cascoporro, millones de restaurantes, acuarios donde metes los pinrreles para que unos pececillos te mordisqueen las pieles muertas, agencias de viaje que te gestionan cualquier itinerario, te amplian el visado y te lavan la ropa, todo en un santiamén… y miles y miles de turistas de todos los países.

Pececillos zampacallos.
Pececillos zampacallos.

Después de comer dedicamos nuestras primeras horas allí a adaptarnos a aquel caos, ubicarnos y hacernos una idea general de qué nos podíamos encontrar y dónde lo podíamos encontrar. Dimos unas vueltas, compramos alguna cosilla, gestionamos el tuk-tuk que nos llevaría en nuestro primer día de visita a los templos y a descansar, que el día siguiente se presentaba largo e intenso.

Ambiente nocturno en Siem Reap.
Ambiente nocturno en Siem Reap.

Nada más despertar por la mañana decidimos que, como la guesthouse donde nos alojábamos no era exactamente lo que andábamos buscando y ademas se parecía a lo que anunciaban en la web como yo a Brad Pitt (ya le gustaría), nos mudábamos a otro sitio. Y así lo hicimos en cuanto volvimos de los templos. La verdad es que, después de estar desde las 7 de la mañana danzando y con un calor de mil demonios, no nos apetecía nada ponernos a buscar hotel, así que reducimos nuestra búsqueda a la calle donde habíamos estado alojados la noche anterior. Y, para nuestra sorpresa, no fue nada difícil. El tercer sitio al que entramos nos convenció del todo: un hotelazo de primera, nuevo, con poquitas habitaciones y con una piscina que, después de templo arriba templo abajo todo el día, sabía a gloria. Y a veinte metros del anterior. No podíamos dejarlo escapar así que, con la habilidad que nos caracteriza en tema de idiomas y en regateos varios, pedimos ver primero la habitación. La encargada nos lleva hasta ella, nos la enseña y empiezan los business: ¿Cuanto? 30$. ¿Eh? mi ser español retardé y no entender… 27$, uyyyy que dices tía loca… ¿no ves que somos pobres? Te damos 18$… noooo imposible, mi jefe me mata… 23$ y de ahí no bajo. Que va, llevamos un mes por aquí y nos hemos quedado sin panoja. 19$. Ni hablar, no puedo bajar de 21$. Venga maja, 20$ y ni pa´ti ni pa´mi… Vaaaale, pero no se lo podéis decir a nadie que me echan. ¡¡¡Trato hecho!!!

Colada colorista en Siem Reap.
Colada colorista en Siem Reap.
Ojeando las ofertas.
Ojeando las ofertas.

Ya teníamos habitación. Y el ego por las nubes después de la negociación. ¡¡Somos unos cracks Laurita!! Luego miramos en internet y resulta que nos lo había dejado un dolar más caro que en la web. Menuda pájara la jefa. ¡¡Y nosotros menudos pardillos, pensando que habíamos hecho un buen negocio!! La gallina se descojonaba de nosotros. La metimos en la caja fuerte y se le acabó la tonteria. Bueno, el precio de la habitación incluía el desayuno así que, bien mirado, hasta nos ahorrábamos unos dólares. Pero qué curioso nos pareció y qué verdad esa que dice que en Camboya todo es negociable. Haces esto en tu pueblo y, a la primera que les haces un quiebro en el precio, salen los de seguridad y te vas a la calle de cabeza.

Aquel fue, finalmente, nuestro hogar durante los días que estuvimos en Siem Reap. Días que transcurrieron, básicamente, visitando templos, paseando por los mercados, comprando algunos regalitos para la familia, disfrutando del ambiente nocturno de la ciudad y dándonos algun que otro capricho, como el masaje jemer que nos dimos una tarde y en la que creíamos que nos habíamos confundido de “casa de masajes” cuando, a las primeras de cambio, la señorita camboyana se me sube encima, me agarra el culo con las dos manos, así en plan viciosa, y empieza a masajearme. Y Laura, en la camilla de al lado, sufriendo el mismo acoso por parte de otra señorita. ¡¡Muy mal se te tiene que dar esta noche, Alexander!! ¡¡Tres para uno!! ¡¡Esto no lo has visto tu ni en las paginas esas que visitas en internet!!… pensaba yo. Luego ya, cuando dejó en paz mi trasero y empezaron los golpes, los pisotones, los estiramientos y los dolores de la muerte, la cosa se aclaró un poco más, dedujimos que habíamos acertado en lo de “masaje”, nos relajamos (es un decir porque me cayeron hostias por todos los lados) y disfrutamos de la experiencia.

Pub Street en Siem Reap.
Pub Street en Siem Reap.

El tercer día de visita a Angkor decidimos que nos quedaríamos otro día más en Siem Reap. Necesitábamos descansar un poco, relajarnos y trabajar en el blog, que lo teníamos un poco olvidado. Y coger fuerza para lo que quedaba de viaje. Y así lo hicimos. Nada de madrugones, bien de piscina, relax y blog. Pero como eso del relax total no lo tienen muy interiorizado las de Zamora, aún tuvimos tiempo de visitar Les Chantiers Écoles, una escuela de artesanos que se dedica a formar a jóvenes sin recursos en técnicas tradicionales de talla de madera, de piedra, estampados de seda, etc. Los alumnos se forman durante seis meses, después trabajan allí mismo durante tres meses más para posteriormente recibir el título que le acredita como artesano, pudiendo así dedicarse a ello profesionalmente.

Les Chantiers Écoles
Les Chantiers Écoles

La visita es gratuita y hay guías que te explican todo el proceso y te enseñan todos los talleres donde están trabajando, in situ, los jóvenes. A nosotros nos guió un camboyano que hablaba castellano con acento cubano, muy gracioso, y que nos explicó todo perfectamente. Todos los trabajos que allí se hacen, y hacen autenticas obras de arte, las venden después en unas tiendas que se llaman Artisans d´Angkor y que tienen repartidas por varios lugares del país. Allí mismo tienen una en la que pudimos comprobar el fantástico acabado de las piezas que anteriormente habíamos visto trabajar a los jóvenes en los talleres. Había auténticas maravillas. Eso sí, los precios no eran de outlet precisamente. La pieza más cara que encontramos, un biombo espectacular con unas pinturas lacadas impresionantes, rondaba los 60 mil dólares. Había cosas de todos los precios pero bastante caras en general para el nivel de vida del país. Lo que me dejó, por lo menos a mí, la incertidumbre de no saber dónde termina la labor solidaria y educativa para con los jóvenes mas necesitados y  dónde empieza el negocio de aprovecharse de su trabajo para vender sus obras a unos precios prohibitivos para la gran mayoría de los camboyanos. En fin.

Resultados del trabajo en Les Chantiers Écoles
Resultados del trabajo en Les Chantiers Écoles
Con nuestro conductor y amigo Sopa.
Con nuestro conductor y amigo Sopa.

Los días en Siem Reap también nos dieron para hacer amigos. Si el primer día de visita a los templos de Angkor gestionamos el tuk-tuk con el hotel, el resto de los días decidimos hacerlo nosotros directamente con el conductor. Así, paseando por la calle, encontramos a uno que nos pareció que tenia cara de simpático y fuimos hacia él. Se llamaba SoPhun (como sopa) y de inglés sabía lo justo o menos así que la negociación la tuvimos que hacer a través de un amigo suyo que sí controlaba un poco más. Quedamos con él para los dos días siguientes y fue un tío tan majo que el último día terminamos intercambiandonos teléfonos, facebooks, sacándonos fotos, presentándonos a su mujer, contándonos su vida y queriéndonos llevar al hotel gratis cada vez que nos lo encontrábamos por la calle.

El cuarto día compramos los billetes a Battambang. Ese era nuestro siguiente destino.

 

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