CAMBOYA – Battambang y el tren de bambú

Battambang es la capital de la provincia del mismo nombre que se encuentra en el noreste del país, cerquita de la frontera con Tailandia. No es precisamente la ciudad más bonita que hemos conocido, pero los alrededores tienen su encanto.

Por si tuvimos poco con la señora de los plátanos en Kompong Thom, la furgoneta que nos tenía que recoger en Siem Reap también se olvidó de nosotros. Bueno, de nosotros y de otros cinco guiris, así que media hora tarde, y después de ir a la taquilla donde nos vendieron los billetes a comentarles que nos habían vuelto a ignorar, nos recogieron y nos llevaron a la estación de autobuses. Como supusimos, el autobús ya había salido, ¡pero no pasa nada! ¡Se fleta otro autobús para 6 guiris y a correr! ¡Por autobuses que no sea!

A Battambang llegamos a las 12 de la manana. Un enjambre de conductores de tuk-tuk nos asaltó al bajar del bus. Como siempre, pedimos un poco de aire para mirar la guía y, como siempre, hay uno, el “conductor-lapa”, que “como el que oye llover” no se separó de nosotros ni medio metro. La conversación fue algo así:

Alexander Magallanes: estamos aquí, y el guesthouse a dos calles, así que podemos ir andando.

Conductor-lapa: ¡Pero qué dices, chalao! ¡Si estamos a 6 km del centro! ¿A qué guesthouse vais?

Alexander Magallanes: A Seasons guesthouse.

Conductor-lapa: ¡No fastidies! ¡Qué casualidad! ¡Precisamente esa es mi guesthouse, miradlo aquí en este cartelito tan mono que me he currao! ¡Así que si os llevo yo no os cobro el viaje!

Os podéis imaginar, ¿no? Pues ya os lo digo yo: tenía otros 8 cartelitos de guesthouses de Battabang y te sacaba el que le dijeras tú. ¡Todas eran sus guesthouses! Eso sí, a 6 km estábamos y no nos cobró el viaje (ya se lo cobró al del guesthouse).

Camino del colegio en Battambang.
Camino del colegio en Battambang.

Nos alojamos en el Seasons bajo recomendación de Vicky y Rosa  por 12$ con aire acondicionado (porque en la habitación de ventilador hacia más calor que en un frigorífico por detrás). El conductor-lapa quiso apuntarse otro tanto haciéndonos al día siguiente la ruta de visitas de Battambang, pero solo aceptamos que nos llevara esa tarde al tren de bambú porque no iba a llover, según él.

¡¡No iba a llover, no!!
¡¡No iba a llover, no!!
Achicando agua.
Achicando agua.

Comimos en Nary Kitchen y reservamos para hacer un curso de cocina jemer al día siguiente… y el del tuk-tuk casi acierta en lo de la lluvia. De repente el cielo se puso más negro que el sobaco de un grillo y cayó (posiblemente) la mayor tormenta que habíamos visto nunca. Duró cuarenta y cinco minutos en los que la pareja del restaurante no daba abasto a achicar el agua

Cuando volvimos al guesthouse nos encontramos la habitación inundada. Pedimos unos manguitos para la gallina mientras observamos cómo una joven trataba de fregar el suelo con una fregona que no había conocido jabón en su vida, y fue peor el remedio que la enfermedad porque preparó un pichicol de mil pares. Diez minutos después nos esperaba el del tuk-tuk, que ya había liado a dos alemanes para que compartiéramos el viaje con ellos por 7$ en lugar de 5$. Camboyanos sí, pero tontos no.

Tren de bambú en O Dambong.
Tren de bambú en O Dambong.

Fuimos de palique con Sandra y Thomas. Según ellos (y de dinero los alemanes saben bien), Camboya, a pesar de ser muy pobre, era el país más caro del sudeste asiático, ¡y sin regatear ni te cuento! La experiencia en el tren fue muy curiosa. Tren, por decir algo, porque es una plataforma de bambú de 3×1,5m aproximadamente con dos ejes que van sobre las vías y un motor conectado a uno de ellos con una correa. El policía turístico cobra 5$ por viajero y el viaje dura 20 minutos de ida y 20 de vuelta desde O Dambong a O Sra Lav, a una velocidad de 15km/h. Eso sí, ¡solo hay una vía! Así que si te encuentras otro tren hay dos opciones: descarrilar o bajarte, desmontar el estaribel, dejar que pase el otro  y volverlo a montar.

Desmontando el tren para ceder el paso.
Desmontando el tren para ceder el paso.

Se supone que íbamos a dar una vuelta por el pueblo… pero nos fue imposible. Cuando llegamos nos rodearon un montón de niñas con pulseras. Te venía una con el meñique levantado y te decía “¡Prometeme que soy tu número uno si compras una pulsera!”. Luego venía otra y te decía que le prometieras que ella era tu número dos si comprabas dos. Y así hasta que no había más niñas para prometer. Y como somos unos blandos (¡empezó Alex!) acabamos cogiendo a todas, que eran unas cuantas, pero en lugar de coger 2 a cada una por 1$ cogíamos 1 y se repartían el dinero. Los alemanes fueron más listos: no compraron a ninguna, aunque se quedaron un poco cortados porque el del tuk-tuk nos dijo que en esa aldea tenían poco más sustento que ese, y las niñas no tenían medios para ir a la escuela. Eso sí: hablaban inglés mejor que yo.

Pollastre empalado a la parrilla.
Pollastre empalado a la parrilla.

Volvimos a Battambang, y dimos una vuelta por el pueblo. Decidimos echarle huevos (a pesar de que la gallina no estaba de acuerdo) y nos comimos un pincho de “cuarto de pollo” empalado por 5000 rieles a la orilla del río, y luego una tempura de veduras en un garito llamado Ambrosía.

Al día siguiente alquilamos una moto por 7$ en el Royal Hotel (que resultó ser la moto de un señor que te la prestaba) y desayunamos unas tostadas en el Woodenhouse. Cascos en cabeza y crema en cuerpo nos fuimos a Phnom Sampeu, y tras pagar al policía turístico de turno empezamos la guerra de los donativos.

Primero visitamos las “Killing Caves”, las gargantas y cuevas de extermino donde los jemeres rojos mataban y arrojaban a sus víctimas. A 10 metros de entrar en ellas nos apareció un chavalito que se puso delante y nos enseñó un cestito para que hiciéramos un donativo al buda… y picamos como chinos. No fue tan listo el amigo porque luego nos pidió un donativo para él por habernos dicho dónde estaban las cuevas (¡como si no las fuéramos a encontrar por nosotros mismos!) y le dijimos que nanai, que ya habíamos pagado al buda y al policía turístico (de lo que intuímos él no veía un duro).

Luego subimos a los templos, y allí había otro del gremio con un librito para que pusiéramos nuestro nombre… junto con el donativo que íbamos a dejar. Le dijimos que ya habíamos pagado dos veces, y nos dispusimos a dar una vuelta cuando se acercó un joven con algún tipo de discapacidad que nos animó a que le siguiéramos… y así hicimos. Sin duda, lo mejor que pudimos hacer porque mediante gestos y monosílabos ininteligibles (y algún que otro canturreo a voz en grito) nos hizo un recorrido por todo el recinto: nos enseñó unos cañones de la época de la guerra de Camboya, nos bajó por unas escaleras interminables a una cueva llena de estalactitas y varias estatuas, nos enseñó dos miradores desde los que contemplar la llanura que rodea Battambang y nos dejó de vuelta donde habíamos empezado. Hale, este sí merece propina, ¿no? Y desapareció corriendo con el billete de la mano.

Llanuras de Battambang desde Phnom Sampeu.
Llanuras de Battambang desde Phnom Sampeu.
¡¡Que viene el coco!!
¡¡Que viene el coco!!

Por si no habíamos escarmentado con las propinas, la siguiente parada fue Phnom Banan después de 9 km de camino, un templo en lo alto de una colina con 358 escalones. Fue llegar y apareció un camboyano, vete a saber tú de dónde, con un taco de tickets. Ya os imagináis, ¿no? Pues no fue todo: comenzamos a subir las escaleras y ¡adivinad! ¡De entre los árboles aparecieron tres niños con pai-pais abanicándonos las piernas…! Que no digo que no hiciera un calor que tetorras, pero eso ya era excesivo…

La subida merecía la pena: cinco torres del estilo a las de Angkor Wat rodeadas de palmeras y cactus que con los 40 grados a la sombra me río yo de los egipcios haciendo pirámides. Eso sí, en cinco minutos estábamos escaleras abajo y otros cinco después en un puesto comiendo un arroz y bebiendo de un coco. ¡Ozú qué caló!

Chavalería refrescándose en un canal de riego cerca de Phnom Banan.
Chavalería refrescándose en un canal de riego cerca de Phnom Banan.

Se veía venir que después del calor cayera el Diluvio Universal, hasta tal punto que no pudimos salir del guesthouse y por consiguiente nos perdimos las clases de cocina. En cuanto paró cogimos los billetes del día siguiente y nos dimos una vuelta en dirección Wat ek Phnom en busca de la antigua planta embotelladora de Pepsi y la granja de cocodrilos. ¿Las encontrásteis vosotros? Pues nosotros igual.

Señores de Lonely Planet: todo lo que se sale del mapa que viene en las guías y está indicado en plan flechita “si sigues esta carretera llegas a no sé dónde”, confiando en la buena voluntad de la gente camboyana de poner carteles indicadores de las cosas, les recomiendo que traten de buscarlos con sus indicaciones a ver si dan con ellos. Gracias.

Volvimos al pueblo con esa sensación de haber hecho el canelo (lo que viene siendo ir con la gallina a cuestas), y nos acercamos a Phare Ponleu Selpak, un centro de artes donde se enseña a niños desfavorecidos disciplinas como música, pintura o incluso circo. Habia función a las 19:00 (14$) pero no había ni Chus, así que decidimos ahuecar el ala (a la gallina eso se le da de maravilla) y volver al centro.

Y como no teníamos nada mejor que hacer nos dimos unos paseos a orillas del río Sangker y alucinamos un rato con los deportes autóctonos de los camboyanos. ¿Kárate? ¿Thai boxing? ¿Jiu jitsu? ¡No! Ojo al dato:

  • Bádminton.
  • Andar descalzo por un recinto de piedras (comprobado, no mola).

    ¡¡No mola, no!!
    ¡¡No mola, no!!
  • Maquinas de ejercicio de esas que en España duran menos que un billete de 50€ en el suelo.
  • Aerobic con un monitor en vaqueros y camisa.
  • Y el más increíble y que no sabemos su nombre: golpear con el tacón, el codo o la punta del dedo un cacharro que parece un cepillo de limpiar biberones.

¡Ahí va la prueba!

Nos encandiló un restaurante llamado The Kitchen regentado por 5 jóvenes, todas ellas cortadas por el mismo patrón, que tenía las mejores costillas (las camareras no, la carta) a la barbacoa que hemos probado nunca. Hay que ver, ¡toda la vida comiendo cerdos de casa y tengo que venir a Camboya a esto! Para terminar, cerramos el día con un par de cervezas heladas en el Woodenhouse.

Próximo destino… ¡Kompong Channang!

Guardar

Guardar

Guardar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *