Camboya – Kompong Chhnang: la ciudad que no nos esperábamos

Kompong Chhnang es el nombre de una provincia y de su capital que se encuentra cerquita de Phnom Penh y que significa “Puerto cazuela de barro”. Casualmente en las cercanías de la ciudad hay un pueblo de alfareros… ahí lo dejo caer.

La verdad es que dimos muchas vueltas hasta decidirnos si Pursat o Kompong Chhnang en nuestro paso de Battambang a la costa sur. Pursat, famoso por sus aldeas flotantes; y Kompong Chhnang, famoso por sus aldeas flotantes. Difícil decisión. Por lo visto, para ver las de Pursat tenías que echar un día entero y en Kompong Chhnang no. Así que fácil, sencillo y para toda la familia: nos fuimos a Kompong Chhnang.

Estación de servicio con lavado de autobuses incluído
Estación de servicio con lavado de autobuses incluído

De la parada de autobuses de Sorya en Battambang nos recogió una furgoneta y nos llevó a un descampado donde cogimos el autobús dirección Phnom Penh que nos dejaría en Kompong Chhnang. Eso creíamos. ¡Pero qué tonticos somos! ¡Tres semanas en Camboya y no espabilamos! Le enseñamos los billetes donde ponía Kompong Chhnang al de la furgoneta, ¡pero no al del bus! Y parece que faltó comunicación entre ellos, porque cuando ya había pasado tiempo suficiente para haber llegado, sacamos la guía, empezamos a mirar cartelitos a ver por dónde andábamos y llegamos a la conclusión que nos habíamos pasado “tres pueblos”. El autobús hizo su parada reglamentaria para que lo limpiaran de arriba a abajo y la gente tomara un tentempié, y allá fuimos con la guía al conductor a decirle: “Nosotros, Kompong Chhnang” y el tío se reía, y nos enseñaba la guía como diciendo: “No, majos, vosotros aquí”, casi en Phnom Penh. Empezamos a bajar santos camboyanos y a preguntarnos a ver qué hacíamos ahora para volver para atrás. Pero lo arreglaron fácil: el conductor le contó el panorama a la sheriff de Sorya que estaba en la “estación de servicio” (si es que se puede llamar así a un chamizo con cuatro sillas de plástico y un puesto de cacahuetes y huevos cocidos) y con dos llamaditas estaba solucionado: un autobús nos recogería según venía de Phnom Penh y nos dejaría en Kompong Chhnang. Entre tanto los paisanos se echaron unas risas a  nuestra costa porque la sheriff de Sorya le iba con el cuento a todo cirriburri. Para más inri, gallina montó el numerito, que quería grillos fritos, que quería grillos fritos… le tuvimos que comprar una bolsita, solo por no aguantarla…

La verdad es que podía haber sido peor, porque en nuestro viaje desde Battambang hasta el autobús me dejé olvidada en la furgoneta la bolsa con el móvil, la guía y chorrocientas cosas más; y lo increíble es que, 45 minutos después, el autobús se para en el arcén y sube un chaval con mi bolsa que había venido en moto desde Battambang a traérmela… ¡¡y yo sin darme cuenta!! Estaba tan alucinada que no acertaba ni a dar las gracias.

Total, que dos horas después llegamos a Kompong Chhnang, un pueblo que bonito, lo que se dice bonito, tampoco era. A la salida del autobús un señor se nos acerca y nos dice con toda la parsimonia del mundo: Hello, I’m a tuk-tuk driver, como si acabáramos de aterrizar en el país. ¿Tú crees, buen hombre, que si acabamos de llegar a Camboya, el primer sitio donde nos vamos a plantar es en este pueblo, que sale en la guía de milagro? Le dimos las gracias, y le dijimos que solo queríamos comer algo, y nos metimos en el primer restaurante que vimos, que por lo que dedujimos después era el único restaurante del pueblo (y de hecho, el único de la guía).

A la puerta nos esperaba otro conductor de tuk-tuk, Mr. Kim Samrong que llevaba allí desde que entramos. Por paciente y salao, acordamos con él que nos llevaría al alojamiento (debía haber dos) y a la ida y vuelta al puerto para ver las aldeas flotantes, porque, según él, nos daba tiempo antes de que anocheciera. Nos fiamos, y, para no variar tenía razón.

Una bici en las aldeas flotantes
Una bici en las aldeas flotantes

En el puerto negociamos una visita de 1,5h por 15$ con una barquera que nos llevó  con su barca como si paseáramos por góndola en Venecia, y lo que vimos nos alucinó: dos pueblos enteros edificados sobre el agua, con sus calles, sus tendidos eléctricos, su kiosco flotante… las casas tenían todo lo que se podía necesitar: televisión, sofás, hamacas… ¡hasta bicis! Y alrededor del río convivían bañándose, lavando los cacharros… Teníamos un poco la sensación de estar invadiendo su intimidad, pero en muchas casas nos recibirán con una sonrisa y saludos, la mayoría por parte de los niños (a veces no dábamos a basto a saludar a tantos… ¡ni el Papa!). Primero vimos la aldea de etnia vietnamita y luego la aldea de musulmanes Cham, y entre una y otra disfrutamos del atardecer sobre el río Tomlé Sap. Volvimos flipando y felicitándonos por haber decidido parar en Kompong Chhnang en lugar Pursat.

¡Sonrisas flotantes!
¡Sonrisas flotantes!

Decidimos quedarnos en el pueblo a la vuelta, donde corroboramos que no había mucho donde rascar, así que cogimos un par de bollos en una panadería y comprobamos nuevamente que habían utilizado el p*** aceite de coco. Por lo visto, cuando fueron protectorado y colonia francesa, mucha arquitectura y mucho lo que tú quieras, pero las recetas de las baguetes y los cruasanes se las llevaron a Francia. Franceses sí pero tontos no.

Tendido eléctrico en las aldeas flotantes
Tendido eléctrico en las aldeas flotantes

Mr. Kim nos propuso ir al día siguiente al pueblo de alfareros, cerca de la localidad. Acierto total coger un tuk-tuk y no una moto, porque no solo nos llevó al pueblo, sino que nos explicó todo con detalle y nos adentró en algunos de los lugares más recónditos y a los que no habríamos llegado por nuestro propio pie.

Mamá alfarera
Mamá alfarera

Primero nos acompañó a ver a una familia donde la madre hacía vasijas de barro (todas iguales) mientras 4 de sus 7 niños pululaban alrededor. En 7 años, 7 niños. Uno por año. Nos dijo que eligiéramos uno si queríamos (en realidad se lo decía a Mr. Kim que nos iba traduciendo todo). ¡Más maja la señora! Y con los niños no nos lo pudimos pasar mejor: les hicimos alguna foto y se la enseñamos después. El más pequeño no daba crédito. Miraba al display de la cámara donde estaban sus hermanos, a sus hermanos, nos miraba a nosotros, miraba a la cámara, a sus hermanos… y así “sucedáneamente”. Por lo que nos contó Mr. Kim, el que partía el bacalao era un empresario que compraba todas las vasijas del pueblo y las vendía por Camboya; y que los alfareros no eran tan ricos como los de la ciudad, pero vivían tranquilos.

Alfareritos
Alfareritos

Luego nos llevó a un lugar donde hacían cubos-barbacoa, que hasta entonces no habíamos visto en Camboya pero que nos dimos cuenta de que utilizaba todo el mundo: una especie de cubo de barro recubierto de ceniza y de aluminio; tenía un orificio en la parte inferior para introducir el carbón un una especie de tapa de cerámica con agujeros en la mitad. Los camboyanos lo utilizan para calentar la sopa, hacer barbacoas, etc. y se puede llevar gracias a un asa de metal. ¡Quién quiere vitrocerámica pudiendo tener una cocina portátil!

Palmeras en Ondong Rossey
Palmeras en Ondong Rossey
Mujer trabajando en Cambodia Traditional Pottery Project
Mujer trabajando en Cambodia Traditional Pottery Project

También nos llevó a KChh, una especie de institución japonesa donde las mujeres fabricaban piezas de barro especiales, como elefantes, quemadores, etc. Nos enseñó los diferentes tintes que utilizaban para obtener el color final, el horno que usaban, y el “método” para saber que ya estaban cocidos. Imagináoslo: japoneses, ¿qué se puede esperar? ¿Un termómetro supersónico? ¿Un condensador de fluzo? ¿una junta de la trócola? Pues no, un trozo de barro: cuando se torcía es que ya estaba listo. Hale.

Por último nos dejó en una plantación de arroz de un verde que parecía de mentira.. Nos había contado que aunque fuera un pueblo de alfareros, el arroz era su sustento. Nos explicó todo el proceso, y pudimos comprobar con nuestros propios ojos cómo las mujeres cogían pequeños hatillos de brotes de arroz y los hundían en la tierra UNO POR UNO en hectáreas y hectáreas de terreno, con sus krama en la cabeza, el barro por las rodillas y un sol casi insoportable. Y entonces me acordé de algún alumno de esos que les mandas dos ejercicios seguidos y me dicen “Jo, Laura, ¿todo esto hay que hacer? ¡cómo te pasas!”.

Plantación de arroz en Ondong Rossey
Plantación de arroz en Ondong Rossey

Nota mental: recordarle a estos alumnos lo que tienen que hacer los camboyanos para llevarse un plato de arroz a la boca.

Volvimos al pueblo, agradecidos de haber dado con un conductor de tuk-tuk que hablara inglés tan bien (aprendido en el colegio, ¡y no de los turistas!) y que nos contara todo lo que nos contó y todo lo que le preguntamos (que los que me conocéis os podéis imaginar el interrogatorio al que sometí al pobre hombrico).

Preguntitas de Jesmar interrogando a Mr. Kim
Preguntitas de Jesmar interrogando a Mr. Kim

Creímos que el pueblo había dado bastante de sí y que lo mejor que podíamos hacer era emprender rumbo al sur, así que el día anterior habíamos cogido el billete a Kampot, a comer pimienta a cascoporro…

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