CAMBOYA – Kampot: una pequeña joya con sabor auténtico (a pimienta).

Dejábamos Kompong Chhnang con la extraña sensación de haber estado apenas 24 horas en una ciudad que no tenía nada que ofrecernos y que, sin embargo, nos había regalado algunos de los momentos más formidables de nuestro viaje. Las aldeas flotantes de Phoum Kandal y Chong Kos y la visita al pueblo alfarero de Ondong Rossey van a permanecer en nuestra “memoria viajera” durante mucho tiempo.

Aldea flotante de Phoum Kandal
Aldea flotante de Phoum Kandal

En cualquier caso, la decisión de poner rumbo al sur ya estaba tomada. Mr Kim nos había acompañado el día antes a por los billetes de autobús que nos llevarían a Phnom Penh. Una vez allí, tendríamos que buscarnos la vida en ese caos absoluto que es la estación de autobuses de la capital para comprar los tickets primero y después acertar con el autobús que nos llevaría hasta Kampot.  El viaje se preveía largo y así fue. Y aunque tuvimos suerte en Phnom Penh y acertamos a la primera con el autobús, no tuvimos tanta como creíamos cuando descubrimos que nos habían tocado los asientos de atrás del todo, donde el ruido, el calor y los humos del motor se filtraban por todas las rendijas, haciendo que aquello se pareciese más a una sauna finlandesa de dióxido de carbono que a un autobús. El viaje de nuestra vida, vamos.

Llegamos a Kampot cansados y ahumados después de casi 9 horas de viaje. Así que el plan estaba bastante clarinete: hotel, ducha, piscina y cena. Lo de la piscina fue un lujo que quisimos darnos. Al fin y al cabo, hacía un calor de mil demonios, llevábamos un montón de días de viaje, estábamos cansados y además nos vendría muy bien para ir ablandando la roña que se nos empezaba a acumular. Así que elegimos un guest house con una pequeña piscina que nos supo a gloria.

Cuando después de aseados y desgasificados salimos a buscar un sitio para cenar, descubrimos dónde habíamos ido a parar. Y es que Kampot  resultó ser una encantadora, relajada, tranquila y amable ciudad. Un lugar apacible donde los extranjeros se mezclan con los camboyanos con una naturalidad que no habíamos visto hasta entonces. Calles anchas, poca gente, música suave que salía de los pequeños restaurantes que poblaban la ribera… Una atmósfera relajada que parecía contagiar a todo el mundo, haciendo de aquél un lugar especial.

Cuevas de Phnom Chhnork en los alrededores de Kampot
Cuevas de Phnom Chhnork en los alrededores de Kampot

Dispuestos a descubrir cada rincón de aquel sitio que tanto nos había sorprendido la noche anterior, nos levantamos temprano, desayunamos y alquilamos una moto. No había tiempo que perder. Un rápido vistazo a la guía y a todo gas hacia Phnom Chhnork, unas magníficas cuevas  que, en principio, no estaban lejos de Kampot. Bueno, pues tardamos dos horas en llegar. Y gracias. Hasta los conductores de tuk-tuk que esperaban a sus clientes en la entrada de las cuevas nos miraron en plan “pero de donde salen estos dos satélites” cuando nos vieron aparecer por un sendero de tierra con la moto. Es lo que tiene saltarse las clases de orientación de los campamentos de verano y fiarse de un mapa camboyano.

¿Y aquí vamos a dar las clases de cocina?
¿Y aquí vamos a dar las clases de cocina?

Seguimos la ruta en busca de un restaurante donde ofrecían clases de cocina jemer que a los dos nos apetecía hacer. Era algo que teníamos pendiente desde que en Battambang nos cayera el diluvio universal y tuviéramos que suspenderlas. A la gallina no le apetecía tanto. Eso de estar cerca de los fogones nunca le ha hecho mucha gracia. Resultado: el sitio eran dos chabolas que una chica inglesa y su novio jipy habían montado en medio de la nada, junto a un río, y donde de las clases de cocina solo quedaba la cerveza. Así que remojamos el gaznate, agradecimos la hospitalidad a la pareja y seguimos nuestro camino.

Carta típicamente camboyana
Carta típicamente camboyana
Plantación de pimienta Starling Farm
Plantación de pimienta Starling Farm

La siguiente parada fue la granja de pimienta Starling Farm. Y es que Kampot es famosa por su pimienta, muy apreciada en los mejores restaurantes del mundo, sobre todo antes de la llegada de los Jemeres Rojos, que destruyeron todas las granjas de pimienta del país y se dedicaron al arroz y a dar matarile a media Camboya. Hoy en día se están intentando recuperar aquellas plantaciones y algunas de ellas se pueden visitar. Eso sí, si te quieres llevar un paquetito de recuerdo ya puedes ir preparando la cartera.

Granos de pimienta en proceso de maduración
Granos de pimienta en proceso de maduración
Alrededores de Kampot: la tormenta se acerca
Alrededores de Kampot: la tormenta se acerca

Cansados, hambrientos y otra vez mojados (esta vez me había asegurado de que Laurita hubiera metido los chubasqueros en la mochila), iniciamos el camino de vuelta, parando de vez en cuando a disfrutar del paisaje y del paisanaje, que seguía siendo tan amable como lo había sido durante todo el tiempo que llevábamos en aquel país. Una vez en Kampot, pasamos por la oficina de turismo para apuntarnos a una visita que haríamos al día siguiente al Parque Nacional de Bokor. Después hotel, ducha, cena con mucha muuuucha pimienta y a dormir.

"Verde Camboya" en los campos de arroz
“Verde Camboya” en los campos de arroz
Vistas de la costa camboyana desde lo alto de Bokor
Vistas de la costa camboyana desde lo alto de Bokor

El Parque Nacional de Bokor es una montaña de más de 1500 kms cuadrados que no esta lejos de Kampot. De hecho, mucha gente se anima a visitarlo por su cuenta, alquilando una moto en la ciudad y encarando las largas y empinadas pendientes con paciencia. Nosotros elegimos ir en una furgoneta con un chofer-guía porque la excursión incluía la entrada al parque, la comida y la visita a las cataratas Popokvil. Además, era una buena manera de asegurarnos llegar a la primera, sin perdernos, lo que no estaría nada mal para variar. Y por el mismo precio, al volver de Bokor te llevaban en un barquito a ver el atardecer y a contemplar una colonia de luciérnagas que vivían en la orilla y que hacían que los matorrales donde aparecían parecieran arboles de navidad a pleno rendimiento.

Maqueta de los planes urbanísticos en Bokor
Maqueta de los planes urbanísticos en Bokor

El Parque Nacional es famoso por su estación francesa de montaña abandonada. Un antiguo hotel inaugurado en 1925 que ha conocido épocas mejores y del que actualmente solo podemos encontrar el esqueleto. Aunque hay planes para restaurarlo, no terminan de llevarse a cabo, pues las autoridades parecen más centradas en destrozar el parque a base de enormes y horribles zonas residenciales que están edificando por toda la montaña. A pesar de todo, el hotel tiene un toque fantasmal, tenebroso que hace del lugar un paisaje único.

Bokor Palace, la estación de montaña abandonada
Bokor Palace, la estación de montaña abandonada

Una furgoneta que pasó a recogernos por el hotel y que enseguida se llenó de “guiris” fue la que nos sirvió para visitar todo el parque. El guía, que iba parando en los lugares señalados y contándonos la historia del lugar, también nos explicó otras muchas cosas sobre la vida cotidiana del pueblo camboyano, de sus problemas, de sus políticos, sus gobernantes… El día transcurrió entre la estación francesa, la iglesia católica neorrománica que hay por allí, el Wat Sampeau Moi Roi y las cataratas Popokvil, que cerraron la visita. Después bajamos a Kampot, descansamos un rato en el hotel y, al atardecer, nos embarcamos en busca de las luciérnagas. Unas costillas a la brasa, unas cervezas en la ribera y un crepe de Nutella con banana, comida típicamente camboyana como podeis ver,  pusieron el punto final a una jornada larga y provechosa. Nuestras horas en Kampot llegaban a su fin.

Atardecer buscando a las luciernagas
Atardecer buscando a las luciernagas

Al día siguiente pondríamos rumbo a Sihanoukville.

 

 

 

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