Vietnam – Escala en Estambul: cinco millones de turcos, dos catetos y una gallina

Como somos dos personas y un ave de natural generosas vamos a comenzar la narración de nuestro viaje por Vietnam con un regalo para todos vosotros, queridos lectores. Si voláis con Turkish Airlines y hacéis escala en el Aeropuerto Ataturk de Estambul la aerolínea os regala un tour gratuito por la capital otomana. Para conseguirlo debéis cumplir un par de requisitos en cuanto a duración de la escala y cosa así. Hace un par de años Pin & Pon estuvimos de viaje por Nepal e India (título de próxima aparición en Con la gallina a cuestas) y durante los preparativos nos enteramos de esta posibilidad pero no pudimos aprovecharla. En esta ocasión, una vez decidido el destino, contratamos el vuelo con Turkish y buscamos una escala larga en Estambul y así poder conocerla for free porque ya sabéis que si es gratis es bueno.  Os dejamos el enlace de la propia compañía con toda la información al respecto: http://www.turkishairlines.com/en-int/corporate/announcements/announcement/free-tours-of-istanbul-for-turkish-airlines-transfer-passengers. De nada chavales.

Desayuno típico? Ni idea, es lo que nos dieron.
Desayuno típico? Ni idea, es lo que nos dieron.

A las doce de la noche salió nuestro primer avión desde Barajas con destino Ataturk Airport, a eso de las cuatro de la mañana (ya hora turca) aterrizamos y como hasta las nueve no salía la visita guiada decidimos quedarnos en la zona de tránsito a echarnos una pequeña siesta reparadora. A eso de las 6.30 nos dirigimos hacia la zona de pasaportes para pasar de forma oficial a Turquía y ya nos damos de frente con la realidad del país, al mismo tiempo que nosotros otros cien mil árabes de todos los países del mundo pretenden pasar el mismo control. Lo de hacer cola aquí no se estila mucho, al grito de “cristiano el último” la gente de empuja y te arrincona sin ningún miramiento y si a eso le unes los niños sin pasaporte y lo difícil que es para una gente de aduanas identificar una mujer con gurka (era raro ver una mujer sin él), nos eternizamos. Después de casi dos horas conseguimos llegar al mostrador de Turkish Airlines y apuntarnos al tour gratuito. Al mismo asistimos unas cuarenta personas de diferentes nacionalidades y una gallina, el evento comienza con un desayuno de trabajo ya en el centro de la ciudad.

Un guía muy majo con un nombre muy raro y que nunca tuvimos claro nos llevó por los principales puntos de interés de la ciudad, comenzamos por la Mezquita Azul y el Palacio Topkapi. En todos los lugares visitados el guía nos daba unas pinceladas básicas del monumento en cuestión, en inglés, y después visita libre, y sí, por la cara en todos ellos

Después de una comida típica bastante aceptable visitamos la zona del Hipódromo, donde terminaba la visita a eso de las cuatro de la tarde. De ahí te llevan en bus al aeropuerto para que cojas tu vuelo. Nosotros como no despegábamos hacia Hanoi hasta las dos de la mañana decidimos quedarnos dando un paseo por la ciudad. El guía, muy amablemente, nos indicó como volver luego al aeropuerto, primero un tranvía y luego un metro, tirao. Nuestra intención era visitar el Gran Bazar pero como era domingo estaba cerrado, en su lugar nos acercamos al Mercado de las Especias y a la Nueva Mezquita, muy chulo todo.  Como el calor aprieta decidimos tomarnos una cerveza y como estamos en país árabe, ya sabéis, cuesta encontrarla y además a precio de whisky  de malta escocés.

¿Y mis tostadas? Que venga el encargado!!!
¿Y mis tostadas? Que venga el encargado!!!

Sobre  las ocho de la tarde decidimos ir con tiempo al aeropuerto. Era muy fácil, primero catorce paradas de tranvía, transbordo y seis de metro, pero la cosa se torció y es aquí cuando comienza nuestra odisea (recomendamos leer sin respirar). Cinco millones de estambuleños decidieron acudir a un mitin que el presidente Erdogan daba esa misma tarde para reafirmar su poder después del fallido golpe de Estado de hacía tres semanas y, claro, la ciudad se colapsó. Después de no poder entrar en los dos primeros tranvías porque iban petados entramos en el tercero a lo bruto: pongo a Cris a modo de ariete e irrumpo en el vagón usando el principio de Arquímedes, desalojando turcos a diestro y siniestro. Lo conseguimos pero tenemos que contener la respiración para poder hacernos hueco, venga, ya estamos, sólo hay que aguantar catorce paradas. Sin embargo al llegar a la primera nos echan a todos del vagón, preguntamos a una chica muy maja  que es lo qué pasa y ella, a su vez, se lo pregunta a un policía, al parecer la ciudad está congestionada y han decidido cortar las líneas del tranvía del centro de la ciudad por razones de seguridad. El poli nos dirige hacia otra parada que está a unos diez minutos. Nos encaminamos hacia ella envueltos en una marea de turcos nacionalistas y, sí amigos, esta segunda parada también está cerrada. Volvemos a preguntar y nos dicen que un poco más allá está el metro, que está abierto y que sin problemas. Sí, volvéis a acertar, metro cerrado por colapso de peña, no cabe más gente por las calles y todo el mundo gritando y enarbolando banderas turcas. Y ya nos comenzamos a preocupar.

Es verdad que no tenemos ninguna sensación de inseguridad pero claro, vas rodeado de turcos, con cero occidentales más por las calles y sin tener ni idea de cómo llegar al aeropuerto y empiezas a oír eso de “Allahu akbaru, allahu Akbar, ashadu an la ilaha illa-llah…” que decía Nicholas Brody en Homeland, y te vas poniendo más nervioso, aunque con nuestro nulo conocimiento del turco igual estaban diciendo “durum Galatasaray Arda Turan kebab”, vete tú a saber y no están las cosas como para preguntar.

Santa Sofía. Foto chula, ¿verdad?
Santa Sofía. Foto chula, ¿verdad?

A todo esto llegamos a una parada de tranvía donde nos dicen que se restablecerá el servicio en un rato. El panorama es muy poco alentador, los cinco millones de estambulenses están también allí esperando a poder volver  sus casas y nosotros estamos al fondo de la estación, la cosa cada vez está más difícil. Después de un rato largo de espera por allí no aparece ningún tren y no sabemos qué hacer,  agobio máximo a esas alturas. Nos planteamos la idea de coger un taxi pero con esta locura que se vive por las calles no vemos ninguno, más nervios que espalda que diría nuestro amigo Julito Román.

De repente, se nos acerca un señor turco, que un rato antes nos había identificado como españoles, y que dominaba el castellano ya que había vivido varios años en Barcelona, nos dice que él va a coger un taxi porque va a llegar tarde a trabajar y que le pilla de camino al aeropuerto. Casi lo besamos y después de caminar un rato guiados por nuestro buen samaritano conseguimos un taxi (en realidad nos abalanzamos sobre él para que parara) que en veinte minutos nos deja en la parada de metro que nos llevará a Ataturk sin problemas. La amabilidad de nuestro benefactor no tiene límites e insiste en pagarnos la carrera, pero no lo aceptamos. Media hora después estamos en el aeropuerto, recuperamos nuestra mochila en consigna, ducha francesa, siesta española en la zona de espera y a las dos  de la mañana, veintidós horas después de nuestra llegada a Estambul, partimos hacia Vietnam.

Importante taparse las canillas para entrar en los templos.
Importante taparse las canillas para entrar en los templos.

No había despegado el avión y ya estábamos dormidos, a las dos horas nos despiertan para una cena tardía, no conseguimos terminar el postre por que se nos cierran los ojos. Cinco horas después nos vuelven a despertar para un desayuno más tardío (con el cambio horario era la una del mediodía ya en el Sureste Asiático). Aterrizamos en Hanoi sin problemas y comienzan nuestras preocupaciones de nuevo. En tres horas cogemos un vuelo interno hacia Ho Chi Minh (nuestra intención es recorrer el país de Sur  a Norte) y antes tenemos que pasar los trámites para obtener el visado y pasar de la T2 a la T1, donde se cogen los vuelos nacionales. La cola para obtener el visado es, por supuesto, un caos. Hay dos filas, en la primera tienes que presentar la documentación exigida y tu pasaporte y en la segunda pagas las tasas y te devuelven los pasaportes con el visado, una vez con él en tus manos has de dirigirte a una tercera fila donde, por fin, te sellan el pasaporte y pasas a Vietnam de forma oficial. La mayoría de la peña (la ESO y la compresión lectora) no se entera de nada y esperan turno en la segunda cola sin pasar por la primera con el consiguiente jaleo, y si a eso le unes la habitual pachorra asiática de los funcionarios que rellenan los visados notamos que vamos a andar muy justos. Como tenemos el culo pelao en estos menesteres decidimos hacer una maniobra de pinza, un servidor se queda a la espera de los pasaportes y Cris y se va a la tercera cola a esperar.

Y sí, volvemos a ponernos nerviosos, van saliendo pasaportes de gente que ha llegado después que nosotros pero de los nuestros no hay noticias, decido preguntar a un vietnamita que está en la oficina, me pregunta por nuestros datos y me dicen que en cinco minuto están. Y, amigos, pasa algo acojonante en esta parte del mundo, pasados los cinco minutos tengo los pasaportes en mis manos, rarísimo. A la carrera me reúno con Cris en la cola de sellado de pasaportes y pasamos a Vietnam, cambiamos a moneda local (Dongs vietnamita también llamados furremoles o chirimbolos) cogemos una lanzadera y hacia la terminal 1 donde embarcamos en la Ryanair vietnamita con rumbo a Ho Chi Minh.

Dos horitas de sueño y por fin llegamos a nuestro destino final, son las ocho de la tarde hora local. Una vez sales del aeropuerto hay una fila de estafataxis esperando carne fresca de guiri despistado. Como habíamos hecho los deberes sabemos que hay dos compañías fiables de taxis en el país, Vynasun y Mai Linh, usan taxímetro y todo. Decidimos hacernos los españoles – mi no entender nada de nada amable señor vietnamita– pasamos de la cola y de los gritos de los taxistas y en cuanto identificamos un Mai Linh nos metemos en él y al centro que tenemos sed señor conductor.

Sí, calentaba en Estambul.
Sí, calentaba en Estambul.

Como sabíamos que llegábamos tarde habíamos reservado hotel en el distrito 1, en la calle Pham Ngu Lao, la zona mochilera por excelencia de la antigua Saigón. Concretamente en el Saigon Bale Hotel, sin ningún lujo y un poco caro, quince euros la noche con desayuno. Nos damos una ducha porque olíamos mal, muy mal  y salimos a la calle en busca de una cerveza, nos la merecemos. Quien no haya estado en Asia no puede siquiera imaginarse lo que significa salir a la calle: muchísima gente, calor, humedad, ruido, suciedad, coches, pitidos, motos, más motos, vendedores de todo lo imaginable, ¿había dicho motos?, más gente, animales sueltos… una locura. Como nosotros estuvimos un mes por la India pasear por una ciudad de Vietnam es, en comparación, casi como pasear por Zamora un martes de Febrero a las ocho de la tarde, pero si es tu primera vez en el Sureste Asiático ir por la calle por primera vez supone un shock absoluto. Fuimos a tiro hecho porque sabíamos que la calle Bui Ven, al lado del hotel, es una de las zonas de bares baratos y cutres que tanto nos gustan a nostros dos y a la gallina. Los mejores (siempre hablando de baratos y cutres) están en los portales 100-104 y allí nos sentamos entre mil y un vendedores de comida ambulante, guiris borrachos que se drogan aspirando gas de la risa de un globo y masajistas de final feliz fácil.

Y ya, desde ese primer momento, empezamos a conocer la tremenda amabilidad de la gente de este país y si lo combinas con jarras de cerveza a cuarenta céntimos qué más queremos. Nuestra camarera favorita nos recomienda que cenar y debutamos con la comida local, todo riquísimo. Cuatro o cinco rondas después (como bebe la gallina), sobre las doce de la noche, decidimos irnos al hotel, cincuenta y una horas después de que saliéramos de Madrid por fin nos acostamos en una cama. Joder que sueño.

Guardar

Guardar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *