Sri Lanka – Mihintale y Aukana: salimos de la sartén para caer en las brasas.

Cuando la mitad de la policía de Anuradhapura estaba buscándonos por haber intentado colarnos en todos los recintos turísticos de la ciudad, nosotros ya habíamos puesto rumbo al sur. Esa noche dormiríamos en Dambulla, donde queríamos visitar sus famosas cuevas. Pero de camino, Mihintale es parada obligatoria. Un pueblo pequeño situado “en tol medio”, la rotonda que separa el norte del país de las tierras altas y la costa oeste de las idílicas playas de Nilaveli, en el este. Esta a 13 kms de Anuradhapura y tiene un complejo de templos muy populares entre la población del país. Y que no digo yo que no fueran bonitos pero, todos los días templos, al final empachan, como el patxaran.

Así que nuestro objetivo era hacer cima en Aradhana Gala (para los de la ESO “roca de la meditación“). Y lo íbamos a hacer al estilo alpino clásico: agarrados a la barandilla y tirando de riñones. Y es que la roca de la meditación no es más que eso: un enorme pedrusco con un sendero excavado en la piedra, con una barandilla de esas que dan miedo agarrarse a ellas y un mirador en la cima. Eso sí, las vistas del complejo de templos y del paisaje son tan impresionantes que no puedes pasar de largo sin subir hasta allí. Y cuando digo subir, es que es subir. Esa es una de las pegas. La otra es el resultado de la ecuación sol abrasador al cuadrado – roca viva multiplicado por tres – 2X de pies descalzos por barba. Si despejas la X te sale un despellejamiento crónico de las plantas de los pies de los dos desgraciados que intentaron subir el día que más calor hizo de todo el viaje. Te lo cuento:

La roca de Mihintale desde abajo
La roca de Mihintale desde abajo

Aparcamos el tuk-tuk a la sombra de unos arboles junto a la valla cerrada que prohibe el paso motorizado al recinto. Los muchos monos que viven allí se frotaban las manos al vernos llegar. Pensaban “otros inocentes que van a aparcar aquí y a los que vamos a desvalijar el vehículo”. Pero lo que no sabían es que veníamos avisados sobre sus malas artes homínidas. Así que pusimos las fundas a las mochilas, apretamos bien los nudos, las colocamos concienzudamente en la parte de atrás para dificultar lo máximo posible su manipulación y cerramos el tuk-tuk a cal y canto con el toldo para la lluvia. Cruzamos los dedos, amenazamos con la mirada a los macacos y nos encaminamos hacia la entrada. Para llegar a la base de las escaleras que dan acceso a los templos tienes que atravesar una especie de Gran Vía de puestos de venta de comida, bebidas, juguetes y souvenirs. Una vez que has rechazado amablemente los dos millones de ofrecimientos que a tu paso te van haciendo los vendedores, te plantas en el inicio de la escalinata. ¡Ah! ¿Que no os había dicho nada de las escaleras? Hombreeee… pues aquí esta la gracia del asunto.

¡¡Como te acerques a mi agua, esta noche ceno mono!!
¡¡Como te acerques a mi agua, esta noche ceno mono!!

1843 escalones te separan del complejo budista. Si si, has oído bien: 1843. Contados uno a uno por Laurita que, siendo tan friki como es, no se fiaba mucho de lo que ponía en la Lonely Planet y tenía que contarlas ella misma. Mil ochocientos y pico escalones a cuarenta grados de temperatura. Mi sueño hecho realidad. Y claro, esta gente budista si pero tonta no. Ante la previsión de que más de uno se piense dos veces lo de subir hasta arriba y encima tener que pagar 500 LKR que es lo que cuesta la entrada, los jipys estos te ponen la “taquilla” cuando estas casi arriba del todo. Es decir, te ponen el caramelo en los labios y cuando lo vas a rechupetear, te lo quitan y te lo cobran. Esto provoca varias reacciones: por un lado, te cagas en toda la familia de los monjes y en varios de los apóstoles budistas; y por otro lado, miras para atrás y dices “ya que he subido hasta aquí, no me voy a dar la vuelta”. Y cuando pensabas que ya se habían reído de ti lo suficiente, viene el monje jefe y te dice: “señores, esto es un templo budista. Fuera esas alpargatas Quechua que lleváis”. Y en un momento te ves empapado de sudor, con las piernas acalambradas, con 500 LKR menos en el bolsillo y con los pinreles achicharrados, buscando sombras que no hay e intentando esquivar las piedrecitas que, cada vez que las pisas, se te encogen hasta los higadillos.

¡¡¡Oh...uh...ah...que...me...a...bra...so...!!!
¡¡¡Oh… uh… ah… que… me… a… bra… so…!!!

Es cierto que, durante la subida, a ambos lados de la escalinata, hay varias estupas y templos menores que también se pueden visitar. Pero entre el calor y las escaleras, bastante tienes con concentrarte y no dar marcha atrás. Decidimos llegar hasta arriba y ver lo mas importante primero y luego, durante la bajada, ver el resto. Así pues, una vez arriba y descalzos, nos dirigimos a una de las estupas. El acceso hasta ella era, cómo no, un tramo de escaleras de piedra pulida por el paso de los años, de esa que retiene el calor y que cuando le da el sol de pleno parece una plancha de cocina. Y si las escaleras eran la plancha, nuestros dedos de los pies eran los langostinos que saltaban en ella, bien doraditos, churruscaditos como a mí me gustan. Como la sombra tampoco abundaba, una vez  arriba nos tuvimos que sentar y poner los pies en alto, tipo cucarachas, para evitar el contacto con el suelo. Nunca he caminado sobre las brasas ni putas ganas que tengo pero os juro por la Ministra de Defensa que no tiene que ser muy diferente a caminar sobre aquellas piedras.

Una vez refrigerados los neumáticos, estiramos el cuello y vimos que, más abajo, en la base de la roca de la meditación, había una pequeña sombra de un  árbol raquítico. Pensamos “menos da una piedra”, nunca mejor dicho, así que nos lanzamos a tumba abierta escaleras abajo y no paramos de correr y de decir “uh… ah… ay… uf… auu…” hasta que llegamos a la sombra. Nos sentamos en un murete, justo en la base de la roca donde empiezan, cómo no, los escalones excavados en la piedra para subir hasta la cima, junto a un japonés con quemaduras de tercer grado en la planta de los dos pies y  que nos miraba como diciendo “ustedes primero, señores”. Como no sabíamos si estos escalones iban a abrasar como los de antes, aguantamos la presión como unos campeones hasta que el japo se aburrió y decidió coger el toro por los cuernos. Y se arrancó hacia arriba como un valiente.

Vistas desde lo alto de Mihintale
Vistas desde lo alto de Mihintale
El japo abrasándose vivo
El japo abrasándose vivo

Al pobre la valentía le duró apenas 20 metros. Agarrado a la barandilla con las dos manos, el careto rojo como el centro de la bandera de su país y pidiendo auxilio con la mirada, se tuvo que sentar a un lado de la escalinata porque ya no aguantaba más el dolor en los pies. Ahí fue, ante la debilidad del enemigo, cuando nosotros nos vinimos arriba: “agarra la mochila y tira, Laurita, que a este ya le tenemos contra las cuerdas”. No sabemos si fue porque ya teníamos hecho el callo en la planta de los pies de la subida anterior a la estupa o porque al estar más expuesta al aire aquellas escaleras estaban más ventiladas pero aquello no quemaba como pensábamos que lo haría. De una arrancada subimos hasta la cumbre. Tres minutos de ascensión triunfal ante la atónita mirada del japonés que, cuando pasábamos a su lado como una exhalación y en un ataque de dignidad, sacó su Nikon e hizo como que sacaba fotos del paisaje. “A nosotros no nos la das, my friend” le soltó Laurita cuando pasó junto a él inclinando la cabeza a modo de saludo y con una sonrisa en la cara. Y es que no hay nadie más vengativo que una mediana, de Zamora, y pasando calor.

La verdad es que las vistas en la cima impresionan. Kilómetros de verde mires por donde mires. Un ejemplo de la belleza natural de Sri Lanka. Una vez allí arriba nos dimos cuenta de que había merecido la pena tener los quesos como dos corchos para poder disfrutar de aquellas vistas. Nos sentamos un rato a deleitarnos con el paisaje y a esperar que subiera el japonés y regodearnos un poco más con él. Como buen nipón, acepto la derrota con un saludo afectuoso y una sonrisa cuando, al rato, alcanzó la cima a punto de explotar de lo rojo que venía el pobre. Habíamos leído y visto fotos de la roca llena de gente, de atascos monumentales en la escalinata para poder alcanzar la cima y de esperas de media hora sin poder avanzar un solo paso. Nosotros lo hicimos en tres minutos. Imaginamos que, con ese calor, los autóctonos decidieron esperar y subir en otro momento. Aún así, no quisimos arriesgar mas de la cuenta y preferimos no alargar mucho más la visita. Mejor quedarse con el recuerdo de “la roca de la meditación” prácticamente desierta que disfrutar un rato mas de aquellas vistas magníficas y arriesgarnos a un atasco en la bajada. Así que iniciamos el descenso. Cuando estábamos casi abajo, empezamos a cruzarnos con más y más gente cada vez, lo que nos confirmó que habíamos hecho bien.

Se jodió la meditación
Se jodió la meditación

 

Si quieres te lo digo en cristiano, bandido
Si quieres te lo digo en cristiano, bandido

Allí abajo el suelo calentaba más, así que, buscando las sombras como pudiamos, llegamos hasta la entrada, recogimos por fin nuestras chancletas y saludando fraternalmente a la madre, al padre y al resto de la familia del jefe budista que, sonriendo, nos había visto llegar hasta allí caminando como las muñecas de Famosa, emprendimos el descenso de los 1843 escalones. Entre el calor, el dolor de pies y el hambre que, a esas horas, apretaba de lo lindo, decidimos que ya estaba bien de templos por hoy y que nos íbamos a comer de cabeza. Llegamos al tuk-tuk, espantamos a los monos que, pese a nuestros intentos, se habían hecho con el control del vehículo abriendo el toldo y campando a sus anchas por dentro de “La Perla Negra” y nos fuimos al pueblo a buscar un sitio para comer. Un amable gasolinero se interesó por nosotros al vernos conducir nuestro propio tuk-tuk y nos aconsejó un restaurante buffet (que seguro que lo regentaba su primo) donde decía que se comía bien y barato. Tiramos para allí y, la verdad, el gasolinero tenía razón: bueno y barato. Bonito no porque las moscas que tenias que apartar del plato de arroz le daba al lugar un toque no demasiado cool para mi gusto, pero una vez más teníamos que tragarnos nuestras reticencias iniciales para con la gente de allí. Y es que, a pesar de nuestra desconfianza natural, la gente de Sri Lanka siempre, siempre, siempre te van a ayudar y aconsejar bien.

Amistades etílicas de Sri Lanka
Amistades etílicas de Sri Lanka
Los 12 metros de Buda de Aukana
Los 12 metros de Buda de Aukana

Antes de llegar a Dambulla todavía nos quedaba una parada más: el gran Buda de Aukana. Unos 40 kms antes de Dambulla esta el pueblo de Kekirawa. De aquí sale el desvío que te lleva hasta el pueblo de Aukana donde, si no te vuelves loco buscándolo como nos pasó a nosotros, encontrarás la estatua de 12 metros del Buda. Hasta el pueblo llegamos sin problemas pero, una vez allí y después de la tercera pasada por el mismo sitio, tres amables lugareños que iban en una moto nos dijeron que les siguiésemos, que ellos nos llevaban hasta la estatua. Y como somos de seguir las ordenes al pie de la letra, al cabo de 20 minutos de seguirles con nuestro tuk-tuk, los de la moto se paran y, descojonándose de la risa, nos dicen que de tanto seguirles hemos dejado el Buda tres kms atrás. Otra vez que la gallina había hecho una de las suyas. Les dimos las gracias, nos despedimos de ellos y retrocedimos sobre nuestros pasos hasta que llegamos a la entrada del recinto. Abonamos los 750 LKR por cabeza (las aves entran gratis) y para dentro. La estatua del Buda de Aukana es una impresionante mole de piedra tallada de más de 12 metros de alto. Mantiene un mínimo contacto con la pared de roca que tiene a su espalda y que le sirve de apoyo y, hace poco, han terminado las obras para taparla. Le han puesto una estructura de metal por encima, a modo de techo, para protegerla de las inclemencias del tiempo. Así que lo que te encuentras es una estatua enorme y magnifica del siglo XII cubierta por una estructura de chapa y metal del siglo XXI fea como un demonio. En su afán por proteger la obra, han terminado por estropear su belleza. Aún así, la estatua es digna de una visita.

¡¡Ay Lion Strong, que bonica eres!!
¡¡Ay Lion Strong, que bonica eres!!

Con los deberes hechos e intentando que la noche no nos cogiera en la carretera emprendimos el tramo final hacia Dambulla. Con el día que levábamos no teníamos muchas ganas de andar dando vueltas de aquí para allí así que tiramos de guía y terminamos en Healy Stay. Venía recomendada en la Lonely así que malo sería. Entramos, preguntamos y nos quedamos. Una casa familiar con un par de habitaciones de alquiler, una chica majísima que nos atendió de maravilla y un bar a la vuelta de la esquina. No hacía falta más. Una buena cerveza fría sería el punto y final perfecto para un día muy bien aprovechado pero que todavía nos guardaba una sorpresa más: los bares de Sri Lanka. 

El medio litro de Lion Strong de 8,8º en la escala Richter terminó de noquearnos. Entre risas y miradas de los locales nos fuimos para casa planeando ya lo que sería nuestro objetivo del día siguiente: las cuevas de Dambulla y viaje a Sigiriya.

 

 

 

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