Vietnam – Da Lat: nos ponemos manga larga

Una vez visitado el Mekong pusimos rumbo hacia el centro del país. Decidimos saltarnos el sureste, zona de playas con bastante turismo occidental, y como la distancia a remontar es enorme para hacerlo de una tacada optamos por hacer escala en Da Lat. El porqué de la elección es sencillo: el clima de esta ciudad es primaveral y nos pone mucho usar manga larga después de la calorina que estamos pasando.

Nos despedimos de nuestras chicas del hotel y a las siete de la mañana cogemos un bus turístico. Nos esperan por delante diez horitas, genial. Los buses turísticos, si no mides más de 1.75 están muy bien, vas tumbado y hay espacio suficiente para dormir, leer o ponerte una peli, suele haber wifi y el aire acondicionado va a todo trapo, incluso hay mantas. Sí, yo mido 1.90 o sea que todas esas bondades me suenan a chino, y nunca mejor dicho.

Disculpe Señor Vietnamita, no tendría una talla más de bus, verdad?
Disculpe Señor Vietnamita, no tendría una talla más de bus, verdad?

 

Salivando en tres, dos…
Salivando en tres, dos…

Hacemos una paradita a mitad de camino para recomponer el cuerpo y comer algo, y, por fin, pudimos apretarnos un Banh Mi, el famoso bocadillo vietnamita. El Banh Mi tiene cierta tradición histórica: tras colonizar Indochina, los franceses exportaron las baguettes (junto a la guillotina, una de los pocos inventos gabachos que merecen la pena) a Vietnam a finales del siglo XIX, los locales tardaron poco en rellenarlas con productos autóctonos consiguiendo una maravilla culinaria. Se pueden encontrar innumerables combinaciones pero un Banh Mi de manual tiene como untaza mayonesa o paté de carne, alguna hortaliza encurtida como zanahoria o cebolla, un poco de verde, salsa picante y como momio algo de carne. A partir de aquí el límite es el cielo. Yo, querido lector, que quiere que le diga: como reconocido tragaldabas que soy, al darle el primer mordisco lloré un poquito, y ya con el segundo mordisco llegué a comprender el verdadero significado de la vida; a Cris le deje las migajas…

Sobre las cinco de la tarde llegamos a nuestro destino. Aprovechamos la lanzadera gratis de la compañía de buses para acercarnos al hotel que habíamos elegido ya que la estación está a las afueras de la ciudad. Los guiris como no se enteran de nada van a patita…que espabilen. Da Lat, gracias a su clima más benigno, fue la ciudad utilizada por los franceses que residían en Saigón como residencia de vacaciones y por ello la ciudad aparece salpicada de elegantes villas francesas y las granjas aparecen repletas de flores y no de arroz. En la actualidad la ciudad es una gran atracción para el turismo local; es conocida como Le Petit Paris y la Ciudad de la Eterna Primavera.  Pero como esta gente no tiene límite, se han pasado un poco con el tema del romance. Un poquito empalagoso la mezcla de jardín con forma de corazón, carros de caballos y como guinda una torre de radio en forma de Torre Eiffel.

Por lo menos aquí no te cobran 10 euros por un café…gabachos…
Por lo menos aquí no te cobran 10 euros por un café…gabachos…

 

Una vez aseados y con una sonrisa enorme al tener que ponernos manga larga, damos un paseo por la ciudad, bajamos al lago central y visitamos el mercado nocturno, en el que había un ambientazo, donde cenamos una vez más de parrillada típica. Eso sí, cenamos de milagro ya que al poco la policía hizo una redada en la plaza y la mayor parte de los puestos de comida desaparecieron. La ciudad en sí misma no tiene mucho pero Cris disfrutó muchísimo ya que había una pokeparada y al lado una cafetería donde cogió wifi y se volvió loca cazando pokemons de ojos rasgados. Una vez terminada la cacería y Cris estuvo saciada, a la cama, que menudo madrugón llevábamos en el cuerpo.

Precioso
Precioso

A la mañana siguiente concluimos nuestro periplo por la ciudad y a las 11.45 estábamos en el hotel esperando el pick up que nos llevara a la estación para coger el bus con destino a Hoi An. Cuando contratas un bus turístico ya sea el hotel o la propia compañía de transportes se encarga de gestionarte una lanzadera que te lleve de tu hotel a la estación de la que salga tu autobús. Un servicio estupendo que te quita un problema de encima. Nuestro bus salía a las doce, y la mujer del hotel, que no tenía ni idea de inglés, nos dijo que estuviéramos preparados quince minutos antes que alguien nos recogería. Los minutos empiezan a pasar y allí ni se presentaba nadie, mirábamos a la chica señalando el reloj y ella, todo sonrisas, nos decía que sí. “¿Que sí qué?” nos preguntábamos nosotros. Entre síes, noes y miradas asesinas, va pasando el tiempo y allí no se presenta nadie hasta que la señorita coge una moto y se nos pira… Nosotros no sabemos qué hacer y ya son las doce pasadas; nos acordamos de todos sus familiares, vivos y muertos. Al poco rato vuelve y me dice que sí. “¿Que sí qué, copón?”, le respondo yo. Y por gestos me dice que me suba a su moto. “¿Y Cris?” le digo yo.  Sí, me responde ella. Imaginaos el panorama, la vietnamita, mi mochila, mi mala hostia y yo calle arriba en una moto de juguete todos juntitos. Al cabo de poco más de medio kilómetro nos damos de bruces con un bus que está haciendo una maniobra imposible en medio de una calle. Mi ángel del infierno particular me deja allí, señalo al bus y me dice que sí. Al poco rato regresa con Cris, su mochila y su mala hostia. Nos montamos en el bus y ponemos rumbo a Hoi An.

Qué país.

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